
Antes de mi periplo en bicicleta por Islandia, había realizado varias rutas como cicloturista veraniego-otoñal: País de Gales (2006), Granada-Alpujarras-Tabernas-Granada (2006), Navarra-País Vasco-Pays Basque-Navarra (2007) y diversas salidas de 3 a 5 días por la geografía catalana.
A menudo viajamos al extranjero, lejos de casa; parece ser que a cuanto más remota es la tierra de destinación, más satisfechos estamos. Pero en los últimos años que he estado en Barcelona, he descubierto que primero de todo, lo mejor es saber donde están los pueblos de tu país, situar un paisaje, una costa, o un viento en particular. Saber de que partes del país está hablando el hombre del tiempo. Por ello recomiendo encarecidamente que antes de pasar 3-4 semanas pedaleando en un paraje extranjero, te hayas pateado tu propio país. Acabar siendo profeta en tu tierra tiene sus ventajas.
El reto de Islandia en bicicleta se me antojó por dos razones principales: a) buscaba un lugar remoto donde pedalear; y Islandia, a diferencia de Mongolia, el "outback" australiano, el Atacama chileno, por poner unos ejemplos, está relativamente cerca de casa (2h 45 min en avión); b) buscaba un lugar donde disfrutar de una naturaleza en estado puro (hay partes de la isla que se acercan a esta idea).
Aparte, si sumamos que me gusta más el frío que el calor, parece que el país nórdico era una elección segura. Por contra, el temible viento (no es exagerado decir que si enganchas un día particularmente ventoso, mejor quedarte dentro de la tienda, o incluso aconsejable, en un lugar a cubierto) siempre puede resultar molesto, pero Islandia no sería la misma sin su clima áspero y su viento, que cuando sopla desde Groenlandia es especialmente fresquito, fresquito...
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